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lunes, 26 de marzo de 2012

LA FELICIDAD FLORECE EN LAS EXPERIENCIAS, NO EN LAS PERTENENCIAS

A pesar de que siempre veas a Paris Hilton sonriendo, lo cierto es que la felicidad esta ligada, a mediano y largo plazo, con las vivencias y no con las pertenencias.

 
 

A pesar de que seguramente el título de este artículo será considerado por muchos como una obviedad, lo cierto es que ya en la práctica, la mayoría de las personas caemos en la adoración inconsciente de los objetos –el síndrome “I shop therefore i am”, en palabras de Bárbara Kruger. Y cabe aclarar que no se trata de un masivo séquito de villanos deshumanizados, sino de un enorme porcentaje de la población que, entendiblemente, somos expuestos a una tenaz agenda que busca fomentar a toda costa el consumo.


Nuestro mapa cultural, aquello que a fin de cuentas llamamos realidad, esta formado por una compleja red de asociaciones que vamos tejiendo a lo largo de nuestras vidas. Se trata de una especie de cartografía multidimensional a partir de la cual, paradójicamente, vamos incluyendo “nuevas” unidades, las cuales ingresan a esta red atravesando el filtro que imponemos. En pocas palabras, somos prisioneros de este enramado de asociaciones que utilizamos para incluir o rechazar cualquier novedad en nuestras vidas. Y esta pincelada filosófica no es más que para describir el nivel dentro del cual el incentivo al consumo actúa: en la actualidad es difícil concebirnos, y concebir a la otredad, sin recurrir a asociaciones entre el ser y los objetos que le rodean. Este fenómeno repercute incluso en la sociología contemporánea, en las nuevas tribus, que están en muchas ocasiones definidas por las pertenencias materiales: eres Mac o eres Windows, estás más en el ánimo Nike o en el Vans, o tu personalidad tiende más hacia los Ray Ban que a los Oakley., etc.






Y ya en alguna ocasión, en un artículo titulado “El consumismo te esclaviza con la promesa de ser feliz”, reflexionamos sobre esta práctica comercial, que impacta en los planos más profundos de la psique social, y que ligada a este modelo de asociación entre identidad y posesiones, nos ha convertido en lo que somos: consumidores insaciables. De hecho, para aquellos que poseen una “mayor” conciencia, el mercado ha encontrado la forma de satisfacerlos con líneas de productos sustentables o que son producidos bajo un esquema de fair trade, lo cual, como bien advierte el filósofo Slavoj Zizek, no es más que una estrategia comercial más.


Pero volviendo a este oasis escondido en la sombra al cual el consumo nos promete que algún día llegaremos, la felicidad ligada a la posesión de objetos materiales, existen estudios que, científicamente, han comprobado lo que muchos sabemos pero pocos practicamos: la felicidad tiene poco que ver con las pertenencias.


En enero pasado, se publicó una investigación en el
Journal of Personality and Social Psychology, que la vez aprovecha data de ocho estudios anteriores en los que se prueba que a mediano plazo, es decir después del característico high que puede provocarnos el adquirir algo, la felicidad guarda una significativamente mayor relación con las experiencias que con las pertenencias. Curiosamente en el estudio, o al menos en el artículo que sobre el se publicó en el diario Live Science, las dos variables se ligan al consumo, es decir, sugieren que gastar tu dinero con fines experienciales, desde irte de vacaciones hasta ir al cine o a un restaurante, aportarán más a tu felicidad que el comprar, por ejemplo, un iPhone.


“Si estás tratando de comprar la felicidad, será mucho mejor que dirijas tu dinero hacia una isla tropical que a una nueva computadora” nos dice Raechel Rettner, quien firma el artículo en Live Science. Pero más allá de que mi colega Rachel, o los investigadores que participaron en el estudio, se hayan mantenido en el tablero de juego monetario, existe una razón fundamental para explicar por que una experiencia es ampliamente más redituable para una sonrisa perenne que una pertenencia: la primera de ellas la juzgamos, comúnmente, en referencia a sí misma, mientras que la segunda, casi inevitablemente, la comparamos con otras cosas –aquellas que no tenemos.





Para continuar, y despegándonos del estudio y del artículo citados pero manteniendo la premisa de que la vivencia nos hace más felices que la propiedad, en terminos hegelianos podemos proceder a la síntesis de este binomio: hay miles de experiencias que no requieren de dinero. Si, aunque muchos piensen que es casi imposible acceder a experiencias memorables sin usar unos cuantos billetes, lo cierto es que muchas de las vivencias más gratas que tenemos registradas, estoy seguro, no te han exigido un gasto monetario. De hecho, te invito a que hagas un recuento de tus memorias más preciadas y compruebes que buena parte de ellas no ocurrieron a costa de tu presupuesto.


A continuación comienzo una lista, que espero los lectores me ayuden a completar, con algunas experiencias que sin duda nos aportarán recuerdos más dulces en un par de años que el último gadget que adquirimos o el nuevo auto que deseamos:


- Observar una lluvia de estrellas (en PS tratamos de alertarlos cada vez que ocurren estos eventos).


- Comenzar y terminar un buen libro (puede ser prestado por un amigo o pedido en una biblioteca pública).


- Practicar una inédita posición sexual con tu pareja.


- Dedicar un día a romper radicalmente la rutina (incluso puedes recurrir a un disfraz para sali a caminar por las calles).


- Asistir a una persona querida en algún problema (o aún mejor a un desconocido).


- Rememorar los instantes más felices de tu vida


En fin, espero que este artículo, así como muchas otras notas publicadas en Pijama Surf, representen al menos un puñado de granos de arena abonados a la consecución de una titánica misión: revertir la tendencia del consumismo y ayudarnos a desasociar dos conceptos que jamás debieron de haberse entretejido: identidad y pertenencia material.


Twitter del autor:
@paradoxeparadis / Lucio Montlune


FUENTE: PIJAMASURF