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jueves, 10 de diciembre de 2015
miércoles, 9 de diciembre de 2015
lunes, 7 de diciembre de 2015
EVIDENCIA CIENTÍFICA QUE APUNTA HACIA DIOS - EL CASO DE UN CREADOR
Dios existe, la misma ciencia en la búsqueda de la verdad, y por medio de la investigación lógica y racional, inevitablemente llega a un momento en el que se da cuenta de que tiene que existir un creador un Dios todo poderoso, que está detrás del diseño y propósito de todo lo que existe, tal como lo dice la Biblia en: Romanos 1:20 Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.
"NACIÓN MAPUCHE": AVANZADA INGLESA SOBRE LA PATAGONIA
Proyecto Segunda República explica cómo el Reino Unido coordina sus acciones militares en Malvinas y el Atlántico Sur con su Guerra Psicológica y Política, apoyando a la "Nación Mapuche" en la Patagonia, para fracturar el territorio argentino. Esto forma parte del Informe Especial "Doce ejes de ataque contra el territorio de la Patagonia": http://proyectosegundarepublica.com/2...
- Ayudenos a divulgar!!
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domingo, 6 de diciembre de 2015
EL PEQUEÑO REY ZAPARRASTROSO - EDUARDO GALEANO (CUENTO)
Tarde a tarde, lo veían. Lejos de los demás, el gurí se sentaba a la sombra de la enramada, con la espalda contra el tronco de un árbol y la cabeza gacha. Los dedos de su mano derecha le bailaban bajo el mentón, baila que te baila como si él estuviera rascándose el pecho con alevosa alegría, y al mismo tiempo su mano izquierda, suspendida en el aire, se abría y se cerraba en pulsaciones rápidas. Los demás le habían aceptado, sin preguntas, la costumbre.
El perro se sentaba, sobre las patas de atrás, a su lado. Ahí se quedaban hasta que caía la noche. El perro paraba las orejas y el guri, con el ceño fruncido por detrás de la cortina del pelo sin color, les daba libertad a sus dedos para que se movieran en el aire. Los dedos estaban libres y vivos, vibrándole a la altura del pecho, y de las puntas de los dedos nacía el rumor del viento entre las ramas de los eucaliptos y el repiqueteo de la lluvia sobre los techos, nacían las voces de las lavanderas en el río y el aleteo estrepitoso de los pájaros que se abalanzaban, al mediodía, con los picos abiertos por la sed. A veces a los dedos les brotaba, de puro entusiasmo, un galope de caballos: los caballos venían galopando por la tierra, el trueno de los cascos sobre las colinas, y los dedos se enloquecían para celebrarlo. El aire oía a hinojos y a cedrones.Un día le regalaron, los demás, una guitarra. El gurí acarició la madera de la caja, lustrosa y linda de tocar, y las seis cuerdas a lo largo del diapasón. La probó, la guitarra sonaba bien. Y él pensó: qué suerte. Pensó: ahora, tengo dos.

GÜEMES,LA GUERRA GAUCHA - CAPÍTULO 2 (CANAL ENCUENTRO)
Un retrato humano, histórico, político y militar de la figura más trascendente de la provincia de Salta y del noroeste argentino: Martín Miguel de Güemes. Desde su nacimiento -en 1785- hasta su temprana muerte, la vida de este líder en el marco de las luchas por la independencia de nuestro continente. La permanente defensa de Güemes en el noroeste argentino contra las invasiones españolas, entre 1814 y 1821; su indisoluble relación con el plan sanmartiniano; y la guerra de recursos.
GÜEMES, SALTA SE DESANGRA - CAPÍTULO 4 (CANAL ENCUENTRO)
Un retrato humano, histórico, político y militar de la figura más trascendente de la provincia de Salta y del noroeste argentino: Martín Miguel de Güemes. Desde su nacimiento -en 1785- hasta su temprana muerte, la vida de este líder en el marco de las luchas por la independencia de nuestro continente. La permanente defensa de Güemes en el noroeste argentino contra las invasiones españolas, entre 1814 y 1821; su indisoluble relación con el plan sanmartiniano; y la guerra de recursos.
GÜEMES, LA TIERRA EN ARMAS - CAPÍTULO 3 (CANAL ENCUENTRO)
Un retrato humano, histórico, político y militar de la figura más trascendente de la provincia de Salta y del noroeste argentino: Martín Miguel de Güemes. Desde su nacimiento -en 1785- hasta su temprana muerte, la vida de este líder en el marco de las luchas por la independencia de nuestro continente. La permanente defensa de Güemes en el noroeste argentino contra las invasiones españolas, entre 1814 y 1821; su indisoluble relación con el plan sanmartiniano; y la guerra de recursos.
GÜEMES, EL HIJO DE SALTA - CAPÍTULO 1 (CANAL ENCUENTRO)
Un retrato humano, histórico, político y militar de la figura más trascendente de la provincia de Salta y del noroeste argentino: Martín Miguel de Güemes. Desde su nacimiento -en 1785- hasta su temprana muerte, la vida de este líder en el marco de las luchas por la independencia de nuestro continente. La permanente defensa de Güemes en el noroeste argentino contra las invasiones españolas, entre 1814 y 1821; su indisoluble relación con el plan sanmartiniano; y la guerra de recursos.
UN KOSMOS SIMBÓLICO: INTRODUCCIÓN A LA ASTROLOGÍA ARQUETIPAL (II/IV)
DESDE FINES DEL SIGLO XX, LA PERSPECTIVA PSICOLÓGICA DE LA ASTROLOGÍA QUE INICIARA JUNG FUE DESARROLLADA, REFINADA Y SISTEMATIZADA POR SUS CONTINUADORES, CONSTITUYENDO HOY EN DÍA LA VISIÓN PREDOMINANTE Y MÁS SOFISTICADA DE LA PRÁCTICA ASTROLÓGICA. RICHARD TARNAS LE DIO EL NOMBRE DE ASTROLOGÍA ARQUETIPAL
II. De la astrología tradicional a la astrología arquetipal
Probablemente la concepción tradicional más sofisticada de la astrología haya tenido lugar en el sur de Francia y España, dentro del esoterismo judío, aproximadamente en el siglo XII. La tradición esotérica de la Kabbalah surgió como una síntesis coherente de otras múltiples tradiciones: el pitagorismo, el hermetismo, el neoplatonismo y, principalmente, la propia astrología. Tal síntesis del conocimiento esotérico de la antigüedad se expresó en la Kabbalahen un glifo llamado Árbol de la Vida. Dentro de este, 10 esferas (siete de ellas asociadas a los siete “planetas” tradicionales) llamadas sephiroth representan a las 10 fuerzas, principios o arquetipos cósmicos centrales de la existencia, tanto a nivel macrocósmico como microcósmico.
FUENTE: PIJAMASURF
Oh, hombre, conócete a ti mismo,
y conocerás al universo y a los dioses.
Inscripción en el umbral del Oráculo de Delfos
II. De la astrología tradicional a la astrología arquetipal
Probablemente la concepción tradicional más sofisticada de la astrología haya tenido lugar en el sur de Francia y España, dentro del esoterismo judío, aproximadamente en el siglo XII. La tradición esotérica de la Kabbalah surgió como una síntesis coherente de otras múltiples tradiciones: el pitagorismo, el hermetismo, el neoplatonismo y, principalmente, la propia astrología. Tal síntesis del conocimiento esotérico de la antigüedad se expresó en la Kabbalahen un glifo llamado Árbol de la Vida. Dentro de este, 10 esferas (siete de ellas asociadas a los siete “planetas” tradicionales) llamadas sephiroth representan a las 10 fuerzas, principios o arquetipos cósmicos centrales de la existencia, tanto a nivel macrocósmico como microcósmico.
La virtud de este esquema fue no solo relacionar estos principios cósmicos y crear a partir de estas relaciones un sistema filosófico-místico de varias aplicaciones prácticas, sino reconocer las múltiples manifestaciones de estos principios en el Kosmos. El Árbol de la Vida puede concebirse, así, como un gran fichero simbólico que vincula estos principios arquetípicos con diversos aspectos de la existencia: panteones mitológicos, colores, metales, notas musicales, plantas, perfumes, sustancias, virtudes y vicios, así como otros tipos de símbolos, creando un gran sistema de correspondencias arquetípicas.
Hablando, pues, en general, clasificamos a los dioses y diosas de todos los panteones paganos en los 10 casilleros de los 10 Sephiroth Sagrados, apoyándonos principalmente en sus asociaciones astrológicas para guiarnos, porque la astrología es un solo lenguaje universal, pues todas las personas ven los mismos planetas (…) Todas las diosas de las mieses se refieren a Malkuth, y todas las diosas lunares a Yesod. Los dioses de la guerra y los dioses destructivos, o los demonios divinos, se refieren a Geburah, y las diosas del amor a Netzach… (Dion Fortune, La cábala mística, 1935)
Asimismo, en la filosofía de la Kabbalah, cada uno de estos 10 principios se manifiesta en distintas formas en los 4 mundos que integran la existencia, desde lo más elevado, sutil e inconcebible hasta lo más denso, solido y mundano.
La tarea de reinterpretar la tradición astrológica a partir de una dimensión simbólica moderna fue iniciada a principios del siglo XX por el médico y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung. El gran aporte de Jung fue ni más ni menos que la introducción de la psicología del inconsciente en la interpretación astrológica tradicional.
En su exploración y cartografía de la psique humana (empezando por la suya propia), Jung halló que bajo el inconsciente personal popularizado por Freud existe un estrato más hondo, que constituye la estructura invisible de la conciencia humana: lo inconsciente colectivo. En este nivel, descubrió Jung, todas las manifestaciones simbólicas de las diversas culturas se hallan conectadas por una serie de modelos básicos, estructuras fundamentales, patrones de sentido recurrentes, modalidades típicas de aprehensión o ideas primordiales. Recuperando la tradición platónica, Jung los denominó arquetipos.[1] Los arquetipos como tales resultan irrepresentables, pero su existencia se expresa simbólicamente en la imaginería de nuestras fantasías y nuestros sueños, en manifestaciones emocionales o sintomáticas, en el arte, en nuestras formas de conducta y nuestras preferencias, así como en nuestra forma de evaluar y percibir el mundo, incluyendo “posiciones éticas, reacciones instintivas, modos de pensamiento y habla” (James Hillman, Re-imaginar la psicología, 1999).
Dotado de una erudición que iba más allá de las limitaciones de su época, Jung encontró la universalidad de estos arquetipos en expresiones culturales de los más diversos ámbitos y disciplinas: mitología, religión, filosofía, así como numerosos sistemas simbólicos de distintas tradiciones esotéricas, tanto de Occidente como de Oriente. La astrología fue uno de estos sistemas. En palabras del propio Jung, “la astrología representa la suma de todo el conocimiento psicológico de la antigüedad”.
Originalmente Jung concibió todo el sistema simbólico de la astrología (los planetas, el zodiaco y los cuatro elementos) como una proyección de los pueblos de su inconsciente colectivo sobre el cielo abierto. El vasto manto estelar y sus múltiples mutaciones habría sido, por así decir, el primer test de Rorschach:
La oscura psique es como un cielo interior sembrado de estrellas, cuyos planetas y constelaciones representan los arquetipos en toda su luminosidad y numinosidad. El firmamento es, en efecto, el libro abierto de la proyección cósmica, el reflejo de los mitologemas, es decir, de los arquetipos. En esta concepción se dan la mano la astrología y la alquimia, las dos antiguas representantes de la psicología de lo inconsciente colectivo. (Carl Gustav Jung, Arquetipos e Inconsciente Colectivo, 1955)
Tal concepción, en lugar de invalidar la idea de una relación real entre los fenómenos astronómicos y los procesos internos de la psique, sugiere la concepción de una aprehensión intuitiva de los pueblos ancestrales del principio hermético de correspondencia: “como es arriba, es abajo.”
La astrología interesaba poderosamente a Jung no solo porque su estructura simbólica resultaba completamente coincidente con su modelo del inconsciente colectivo, sino por el valor que encontraba en ella en la propia práctica terapéutica. Con frecuencia, Jung solía utilizar la carta natal (el “mapa estelar” del momento de nacimiento de las personas) para comprender mejor la psicología de sus pacientes, especialmente en los casos que resultaban más oscuros a la pura hermenéutica psicoanalítica. En una entrevista para una revista astrológica francesa afirmó que “con considerable seguridad puede esperarse que una situación psicológica dada, bien definida, se acompañe de análoga configuración astrológica. La astrología consiste en configuraciones simbólicas del inconsciente colectivo…” (1954).
Por otra parte, en su obra Tipos psicológicos, Jung concluyó que la disposición individual que hace a la propia personalidad humana preexiste como un factor en la niñez, es innata, y no puede ser adquirida en el transcurso de la vida. Toda la tradición astrológica está basada en este principio.
Desde fines del siglo XX, la perspectiva psicológica de la astrología que iniciara Jung fue desarrollada, refinada y sistematizada por sus continuadores, constituyendo hoy en día la visión predominante y más sofisticada de la práctica astrológica: autores como Dane Rudhyar, Liz Greene, Howard Sasportas y, más recientemente, Richard Tarnas, quien le dio el nombre de astrología arquetipal.
El trabajo de Tarnas, centrado especialmente en astrología planetaria, correlaciona de manera precisa los significados astrológicos tradicionales y contemporáneos de los planetas con los arquetipos junguianos, presentando un modelo interpretativo de múltiples capas. En este, los así llamados arquetipos planetarios son comprendidos como 10 principios cósmicos que, a través de sus continuas relaciones, se manifiestan en la realidad en múltiples aspectos. Los movimientos y alineamientos de los siete “planetas” tradicionales (incluyendo el Sol y la Luna) y los tres planetas descubiertos en la modernidad (Urano, Neptuno y Plutón) serían el aspecto visible y macrocósmico de procesos arquetípicos que forman parte del entramado mismo del Kosmos, o al menos de las estructuras creativas profundas que configuran nuestro sistema solar. Los arquetipos, en términos de Tarnas, muy bien pueden considerarse estructuras formativas y principios que existían y se manifestaban antes de la emergencia de la conciencia humana, e incluso, siguiendo al propio Jung, pueden también considerarse la causa de la estructura misma de la conciencia humana.
Hablando, pues, en general, clasificamos a los dioses y diosas de todos los panteones paganos en los 10 casilleros de los 10 Sephiroth Sagrados, apoyándonos principalmente en sus asociaciones astrológicas para guiarnos, porque la astrología es un solo lenguaje universal, pues todas las personas ven los mismos planetas (…) Todas las diosas de las mieses se refieren a Malkuth, y todas las diosas lunares a Yesod. Los dioses de la guerra y los dioses destructivos, o los demonios divinos, se refieren a Geburah, y las diosas del amor a Netzach… (Dion Fortune, La cábala mística, 1935)
Asimismo, en la filosofía de la Kabbalah, cada uno de estos 10 principios se manifiesta en distintas formas en los 4 mundos que integran la existencia, desde lo más elevado, sutil e inconcebible hasta lo más denso, solido y mundano.
La tarea de reinterpretar la tradición astrológica a partir de una dimensión simbólica moderna fue iniciada a principios del siglo XX por el médico y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung. El gran aporte de Jung fue ni más ni menos que la introducción de la psicología del inconsciente en la interpretación astrológica tradicional.
En su exploración y cartografía de la psique humana (empezando por la suya propia), Jung halló que bajo el inconsciente personal popularizado por Freud existe un estrato más hondo, que constituye la estructura invisible de la conciencia humana: lo inconsciente colectivo. En este nivel, descubrió Jung, todas las manifestaciones simbólicas de las diversas culturas se hallan conectadas por una serie de modelos básicos, estructuras fundamentales, patrones de sentido recurrentes, modalidades típicas de aprehensión o ideas primordiales. Recuperando la tradición platónica, Jung los denominó arquetipos.[1] Los arquetipos como tales resultan irrepresentables, pero su existencia se expresa simbólicamente en la imaginería de nuestras fantasías y nuestros sueños, en manifestaciones emocionales o sintomáticas, en el arte, en nuestras formas de conducta y nuestras preferencias, así como en nuestra forma de evaluar y percibir el mundo, incluyendo “posiciones éticas, reacciones instintivas, modos de pensamiento y habla” (James Hillman, Re-imaginar la psicología, 1999).
Dotado de una erudición que iba más allá de las limitaciones de su época, Jung encontró la universalidad de estos arquetipos en expresiones culturales de los más diversos ámbitos y disciplinas: mitología, religión, filosofía, así como numerosos sistemas simbólicos de distintas tradiciones esotéricas, tanto de Occidente como de Oriente. La astrología fue uno de estos sistemas. En palabras del propio Jung, “la astrología representa la suma de todo el conocimiento psicológico de la antigüedad”.
Originalmente Jung concibió todo el sistema simbólico de la astrología (los planetas, el zodiaco y los cuatro elementos) como una proyección de los pueblos de su inconsciente colectivo sobre el cielo abierto. El vasto manto estelar y sus múltiples mutaciones habría sido, por así decir, el primer test de Rorschach:
La oscura psique es como un cielo interior sembrado de estrellas, cuyos planetas y constelaciones representan los arquetipos en toda su luminosidad y numinosidad. El firmamento es, en efecto, el libro abierto de la proyección cósmica, el reflejo de los mitologemas, es decir, de los arquetipos. En esta concepción se dan la mano la astrología y la alquimia, las dos antiguas representantes de la psicología de lo inconsciente colectivo. (Carl Gustav Jung, Arquetipos e Inconsciente Colectivo, 1955)
Tal concepción, en lugar de invalidar la idea de una relación real entre los fenómenos astronómicos y los procesos internos de la psique, sugiere la concepción de una aprehensión intuitiva de los pueblos ancestrales del principio hermético de correspondencia: “como es arriba, es abajo.”
La astrología interesaba poderosamente a Jung no solo porque su estructura simbólica resultaba completamente coincidente con su modelo del inconsciente colectivo, sino por el valor que encontraba en ella en la propia práctica terapéutica. Con frecuencia, Jung solía utilizar la carta natal (el “mapa estelar” del momento de nacimiento de las personas) para comprender mejor la psicología de sus pacientes, especialmente en los casos que resultaban más oscuros a la pura hermenéutica psicoanalítica. En una entrevista para una revista astrológica francesa afirmó que “con considerable seguridad puede esperarse que una situación psicológica dada, bien definida, se acompañe de análoga configuración astrológica. La astrología consiste en configuraciones simbólicas del inconsciente colectivo…” (1954).
Por otra parte, en su obra Tipos psicológicos, Jung concluyó que la disposición individual que hace a la propia personalidad humana preexiste como un factor en la niñez, es innata, y no puede ser adquirida en el transcurso de la vida. Toda la tradición astrológica está basada en este principio.
Desde fines del siglo XX, la perspectiva psicológica de la astrología que iniciara Jung fue desarrollada, refinada y sistematizada por sus continuadores, constituyendo hoy en día la visión predominante y más sofisticada de la práctica astrológica: autores como Dane Rudhyar, Liz Greene, Howard Sasportas y, más recientemente, Richard Tarnas, quien le dio el nombre de astrología arquetipal.
El trabajo de Tarnas, centrado especialmente en astrología planetaria, correlaciona de manera precisa los significados astrológicos tradicionales y contemporáneos de los planetas con los arquetipos junguianos, presentando un modelo interpretativo de múltiples capas. En este, los así llamados arquetipos planetarios son comprendidos como 10 principios cósmicos que, a través de sus continuas relaciones, se manifiestan en la realidad en múltiples aspectos. Los movimientos y alineamientos de los siete “planetas” tradicionales (incluyendo el Sol y la Luna) y los tres planetas descubiertos en la modernidad (Urano, Neptuno y Plutón) serían el aspecto visible y macrocósmico de procesos arquetípicos que forman parte del entramado mismo del Kosmos, o al menos de las estructuras creativas profundas que configuran nuestro sistema solar. Los arquetipos, en términos de Tarnas, muy bien pueden considerarse estructuras formativas y principios que existían y se manifestaban antes de la emergencia de la conciencia humana, e incluso, siguiendo al propio Jung, pueden también considerarse la causa de la estructura misma de la conciencia humana.
Uno de los rasgos esenciales que los arquetipos planetarios presentan, de acuerdo a Tarnas, es su multidimensionalidad, lo que significa que son principios que se expresan o manifiestan en distintos niveles, grados o estados del Ser sin poder ser reducidos a una sola dimensión de la existencia. En tal sentido, su manifestación puede distinguirse en procesos psicológicos, mitológicos, artísticos, instintivos, biológicos, físicos y metafísicos, individuales e histórico-colectivos. Considerados de esta forma, los arquetipos planetarios pueden ser vistos, como en la noción tradicional de la Kabbalah, como principios que, en diversos niveles de la evolución del Sistema Solar, presentan un proceso de despliegue cada vez más profundo y multidimensional, el cual ya estaba presente potencialmente en su naturaleza:
Se los puede concebir en términos míticos como dioses o diosas (o como lo que Blake llamó “los Inmortales”); en términos platónicos, como principios trascendentes e Ideas numinosas; o en términos aristotélicos, como universales inmanentes y formas dinámicas internas. Es posible abordarlos al modo kantiano, como categorías a priori de la percepción y la cognición (…) de acuerdo con Kuhn, como estructuras paradigmáticas subyacentes que dan forma al pensamiento y la investigación en la ciencia (…) al modo freudiano como instintos primordiales que impulsan y estructuran los procesos biológicos y psicológicos; o a la manera de Jung, como principios formales fundamentales de la psique humana, expresiones universales de un inconsciente colectivo y, en última instancia, del unus mundus. (Rirchard Tarnas, Cosmos y psique: Indicios para una nueva visión del mundo, 2009)
Por otra parte, los arquetipos planetarios son polivalentes, lo que implica que cada uno de ellos puede manifestarse en cada una de las dimensiones del Kosmos en múltiples aspectos, sin por ello perder su propia unidad de sentido:
El arquetipo de Saturno se puede expresar como juicio, pero también como vejez; como tradición, pero también como opresión: como tiempo, pero también como mortalidad; como depresión, pero también como disciplina; como gravedad en el sentido de peso, pero también en el sentido de seriedad y dignidad. (Richard Tarnas, ibid.)
Se los puede concebir en términos míticos como dioses o diosas (o como lo que Blake llamó “los Inmortales”); en términos platónicos, como principios trascendentes e Ideas numinosas; o en términos aristotélicos, como universales inmanentes y formas dinámicas internas. Es posible abordarlos al modo kantiano, como categorías a priori de la percepción y la cognición (…) de acuerdo con Kuhn, como estructuras paradigmáticas subyacentes que dan forma al pensamiento y la investigación en la ciencia (…) al modo freudiano como instintos primordiales que impulsan y estructuran los procesos biológicos y psicológicos; o a la manera de Jung, como principios formales fundamentales de la psique humana, expresiones universales de un inconsciente colectivo y, en última instancia, del unus mundus. (Rirchard Tarnas, Cosmos y psique: Indicios para una nueva visión del mundo, 2009)
Por otra parte, los arquetipos planetarios son polivalentes, lo que implica que cada uno de ellos puede manifestarse en cada una de las dimensiones del Kosmos en múltiples aspectos, sin por ello perder su propia unidad de sentido:
El arquetipo de Saturno se puede expresar como juicio, pero también como vejez; como tradición, pero también como opresión: como tiempo, pero también como mortalidad; como depresión, pero también como disciplina; como gravedad en el sentido de peso, pero también en el sentido de seriedad y dignidad. (Richard Tarnas, ibid.)
Finalmente, la astrología arquetipal de Tarnas se aleja de toda idea de determinismo y fatalidad y se sustenta sobre su propia concepción de un Kosmos participativo[2], en el que los alineamientos planetarios que marcan el nacimiento de todo ser humano y los procesos arquetípicos que siguen sucediéndose durante la totalidad de la vida configuran tendencias y fuerzas que pueden ser vividas y expresadas de formas muy amplias de acuerdo a nuestro propio grado de conciencia de estas:
Cuanto más rigurosamente comprenda uno las fuerzas arquetípicas que configuran y afectan su propia vida, más flexible e inteligente puede ser su reacción a la hora de tratar con ellas. En la medida en que no se tiene conciencia de estas fuerzas, poderosas y a veces enormemente problemáticas, se está más o menos a merced de los arquetipos, pues se actúa de acuerdo con motivaciones inconscientes y con muy pocas posibilidades de participar de manera cocreativa en el despliegue y refinamiento de estas potencialidades. El conocimiento de los propios arquetipos produce mayor autoconciencia y, por lo tanto, mayor autonomía personal. (Richard Tarnas, ibid.)
En la última parte, recorreremos simbólicamente los 10 arquetipos planetarios a partir de una síntesis de sus significados esenciales, así como de sus correspondencias arquetípicas en la mitología, la filosofía, las teorías científicas, los símbolos oníricos, así como diversos sistemas esotéricos.
Puedes leer la primera parte aquí
[1] http://pijamasurf.com/2011/12/la-consciencia-arquetipal-redescubriendo-a-los-dioses/
[2] http://pijamasurf.com/2014/05/la-unidad-del-ser-una-vision-no-dual-de-todo-lo-que-es-iiii/
Cuanto más rigurosamente comprenda uno las fuerzas arquetípicas que configuran y afectan su propia vida, más flexible e inteligente puede ser su reacción a la hora de tratar con ellas. En la medida en que no se tiene conciencia de estas fuerzas, poderosas y a veces enormemente problemáticas, se está más o menos a merced de los arquetipos, pues se actúa de acuerdo con motivaciones inconscientes y con muy pocas posibilidades de participar de manera cocreativa en el despliegue y refinamiento de estas potencialidades. El conocimiento de los propios arquetipos produce mayor autoconciencia y, por lo tanto, mayor autonomía personal. (Richard Tarnas, ibid.)
En la última parte, recorreremos simbólicamente los 10 arquetipos planetarios a partir de una síntesis de sus significados esenciales, así como de sus correspondencias arquetípicas en la mitología, la filosofía, las teorías científicas, los símbolos oníricos, así como diversos sistemas esotéricos.
Puedes leer la primera parte aquí
[1] http://pijamasurf.com/2011/12/la-consciencia-arquetipal-redescubriendo-a-los-dioses/
[2] http://pijamasurf.com/2014/05/la-unidad-del-ser-una-vision-no-dual-de-todo-lo-que-es-iiii/
sábado, 5 de diciembre de 2015
EL TEMIBLE EJERCITO DE MUJERES DAHOMEY: LAS AMAZONAS DE BENÍN
Frecuentemente, sobre todo desde el punto de vista de los hombres, tendemos a pensar que las mujeres son alguna cosa tierna y delicada para las que la rudeza del ejército y la guerra es algo que no va con ellas. Ello, a parte de ser un prejuicio machista y una falacia transmitido de generación en generación, implicó, por ejemplo, que cuando se admitió a las mujeres en el ejército español se levantara una agria polémica al respecto de la conveniencia de que la féminas pudieran hacer la guerra igual que los hombres. Sin duda, los que pusieron reparos a este ingreso no conocían ni por asomo a un ejército formado exclusivamente por mujeres que fueron capaces de poner en un brete a todo un ejército francés. Me refiero a las temibles Amazonas de Dahomey.
Durante los últimos siglos -personalmente ignoro porqué- se ha producido una oposición a que tanto el colectivo gay como el de las mujeres participaran de ninguna forma en el ejército, dando por sentado que el "arte" de la guerra era exclusivo de loshombres heterosexuales, aunque ejemplos históricos hay que demuestran lo contrario (ver La temida y épica bravura de un ejército gay). En el caso de las mujeres, un mayor tamaño y capacidad física de los hombres podría tener cierta lógica en un combate cuerpo a cuerpo, pero seguro que no era eso lo que pensaba, en 1890, el ejército francés que estaba en la costa de lo que hoy en día es Benín.
A finales del siglo XIX, África se había convertido en un pastel que ansiaban todas las potencias (y no tan potencias) europeas y cada cual luchaba por hacerse con trozo de este continente. La mayoría de las veces, la conquista de grandes territorios no era demasiado problemático habida cuenta la brutal diferencia militar entre las tribus nativas y los colonizadores europeos. No obstante, en el golfo de Guinea había un reino llamado Dahomey cuyos habitantes eran famosos por su bravura y sus pocas consideraciones para con sus vecinos, con una particularidad especial: su ejército estaba formado casi en una tercera parte por un regimiento exclusivamente de mujeres, que se destacaban por su especial fidelidad, bravura... y crueldad.
El insólito grupo armado femenino -llamadas "amazonas" por los occidentales y "mino" por los nativos- estaba formado por hasta 6.000 mujeres perfectamente equipadas y entrenadas para enfrentarse cuerpo a cuerpo contra los peores enemigos, armadas con sus mosquetes y, sobre todo, con sus afiladas espadas de doble filo con las cuales no dudaban en rebanar el gaznate de cualquier enemigo que se le pusiera por delante. Tal era el grado de confianza en este batallón que los reyes de Dahomey las tenían como un cuerpo de élite dedicado a su defensa personal desde principios del siglo XVIII.
El sistema de reclutamiento era bastante particular. Por un lado, lo más normal era que fueran voluntarias, deseosas de dejar su sangre en esas selvas de Dios por el rey del momento; por otro lado, se escogía entre las mujeres menos agraciadas del harén del rey -como no fueras muy guapa y no tuvieras hijos, lo llevabas crudo- y, para acabar, se obligaba a enrolar en este grupo -a modo de correccional- a las mujeres demasiado rebeldes y que daban problemas a sus familias y maridos, los cuales habían llevado su queja al rey. Un elenco de dulces e indefensas féminas, definitivamente.
El entrenamiento a que estaban sometidas era exactamente igual al de los hombres pero, encima, se les adiestraba especialmente para eliminar cualquieratisbo de piedad y humanidad que fuera un contratiempo en su ataque. Para empezar, en las maniobras que hacían en presencia del rey, se les hacía saltar por encima de barricadas hechas con ramas de acacia -que eran peor que las concertinas actuales por sus espinas de un palmo- pasándolas como si fueran por la rambla. Para seguir, se les hacía tirar con sus manos a los prisioneros desde una plataforma a varios metros de altura para estamparlos contra una peña y, como colofón, a las amazonas que no habían matado a nadie, les obligaban a matar a machetazos a un prisionero y, acto seguido, cortarle la cabeza; afición esta última que tenían muy arraigada cuando entablaban batalla con sus enemigos.
En esta situación, cuando el rey de Dahomey, Behanzin, declaró la guerra a los franceses en 1890, el ejército galo, formado por unos 800 hombres -sobre todo fusileros de Senegal y Gabón (llámalos tontos a los europeos)- creyó tener la partida ganada contra 8.000 soldados mal equipados de los de Behanzin.
No obstante, cuando se encontró cara a cara con el ejército de Dahomey, se encontró con que, a parte de los fieros soldados varones, se enfrentaban a algunos grupos de mujeres armadas que no dudaban a enfrentarse cuerpo a cuerpo contra las bayonetas francesas, haciéndolos retroceder constantemente; según cuentan los cronistas, los franceses -acostumbrados a luchar únicamente contra hombres- se paralizaban ante el ataque de las mujeres, ya que no esperaban el ataque de "dulces damiselas".
Finalmente, tras cuatro años de luchas, Dahomey cayó en poder francés. Sus ejércitos, especializados en el cuerpo a cuerpo letal pero mal preparados en la batalla armada (los franceses disparaban desde el hombro, mientras que los Dahomey disparaban desde la cintura) cayeron como moscas ante el fuego galo, siendo las Amazonas las últimas en rendirse.
Behanzin fue capturado y con él se disolvió el regimiento de mujeres, las cuales, acostumbradas a la vida guerrera, se adaptaron mal a la vida civil, con episodios de depresión, alcoholismo o directamente locura, similar a lo que vivieron muchos años después los veteranos de Vietnam. Aún así, algunas adolescentes mino, aún vivieron lo suficiente para ver cómo su país obtenía la independencia de nuevo en 1960, esta vez bautizado comoBenín. Con todo, la última Amazona de Dahomey, llamadaNawi, murió en 1979.
Todo un ejemplo de cómo, cuando se lo proponen, las mujeres nos superan a los hombres en todo.
Incluso en lo malo.
Lograron vender aproximadamente 2 millones de africanos a los daneses. A cambio, ellos apertrecharon el ejército de las amazonas con los incombustibles rifles Winchester. Se rumoreaba que eran temibles, dado que después de las batallas, cortaban las cabezas de los soldados muertos y las exhibían como trofeos de guerra.
En aquel reino, existían ciertas castas entre las mujeres. “Las mujeres del Rey” destinadas a controles administrativos sobre los funcionarios, “Las Guerreras” que se preocupaban de la seguridad y “Las esclavas”, quienes eran ancianas que atendían a las amazonas guerreras.
Estas mujeres eran criadas para la guerra, además de ser vírgenes, llegaron a ser 5.000 de las 12.000 personas que cubrían el ejército regular. Incluso, tenían un juramento.
“Ghézo nos ha dado a luz de nuevo. Somos sus esposas, sus hijas, sus soldados. Las guerra es nuestro pasatiempo y la comida que nos alimenta”.
Sin embargo, aquel juramento estaba por llegar a su fin. En 1890, Francia invadió Dahomey con el fin de colonizar, debido a su posición estratégica en África occidental. Finalmente, durante 4 sangrientos años y la intervención de la Legión Extranjera, el reino cedió ante el poderío galo.
“Mujeres guerreras” en imágenes:

Ubicación de Benín
Soldados de Dahomey
A finales del siglo XIX, África se había convertido en un pastel que ansiaban todas las potencias (y no tan potencias) europeas y cada cual luchaba por hacerse con trozo de este continente. La mayoría de las veces, la conquista de grandes territorios no era demasiado problemático habida cuenta la brutal diferencia militar entre las tribus nativas y los colonizadores europeos. No obstante, en el golfo de Guinea había un reino llamado Dahomey cuyos habitantes eran famosos por su bravura y sus pocas consideraciones para con sus vecinos, con una particularidad especial: su ejército estaba formado casi en una tercera parte por un regimiento exclusivamente de mujeres, que se destacaban por su especial fidelidad, bravura... y crueldad.
Amazonas de Dahomey
El insólito grupo armado femenino -llamadas "amazonas" por los occidentales y "mino" por los nativos- estaba formado por hasta 6.000 mujeres perfectamente equipadas y entrenadas para enfrentarse cuerpo a cuerpo contra los peores enemigos, armadas con sus mosquetes y, sobre todo, con sus afiladas espadas de doble filo con las cuales no dudaban en rebanar el gaznate de cualquier enemigo que se le pusiera por delante. Tal era el grado de confianza en este batallón que los reyes de Dahomey las tenían como un cuerpo de élite dedicado a su defensa personal desde principios del siglo XVIII.
Guardiana del rey
El sistema de reclutamiento era bastante particular. Por un lado, lo más normal era que fueran voluntarias, deseosas de dejar su sangre en esas selvas de Dios por el rey del momento; por otro lado, se escogía entre las mujeres menos agraciadas del harén del rey -como no fueras muy guapa y no tuvieras hijos, lo llevabas crudo- y, para acabar, se obligaba a enrolar en este grupo -a modo de correccional- a las mujeres demasiado rebeldes y que daban problemas a sus familias y maridos, los cuales habían llevado su queja al rey. Un elenco de dulces e indefensas féminas, definitivamente.
Comandante mino
El entrenamiento a que estaban sometidas era exactamente igual al de los hombres pero, encima, se les adiestraba especialmente para eliminar cualquieratisbo de piedad y humanidad que fuera un contratiempo en su ataque. Para empezar, en las maniobras que hacían en presencia del rey, se les hacía saltar por encima de barricadas hechas con ramas de acacia -que eran peor que las concertinas actuales por sus espinas de un palmo- pasándolas como si fueran por la rambla. Para seguir, se les hacía tirar con sus manos a los prisioneros desde una plataforma a varios metros de altura para estamparlos contra una peña y, como colofón, a las amazonas que no habían matado a nadie, les obligaban a matar a machetazos a un prisionero y, acto seguido, cortarle la cabeza; afición esta última que tenían muy arraigada cuando entablaban batalla con sus enemigos.
Las mino eran un grupo de élite
En esta situación, cuando el rey de Dahomey, Behanzin, declaró la guerra a los franceses en 1890, el ejército galo, formado por unos 800 hombres -sobre todo fusileros de Senegal y Gabón (llámalos tontos a los europeos)- creyó tener la partida ganada contra 8.000 soldados mal equipados de los de Behanzin.
¿Dulces damiselas?
No obstante, cuando se encontró cara a cara con el ejército de Dahomey, se encontró con que, a parte de los fieros soldados varones, se enfrentaban a algunos grupos de mujeres armadas que no dudaban a enfrentarse cuerpo a cuerpo contra las bayonetas francesas, haciéndolos retroceder constantemente; según cuentan los cronistas, los franceses -acostumbrados a luchar únicamente contra hombres- se paralizaban ante el ataque de las mujeres, ya que no esperaban el ataque de "dulces damiselas".
Finalmente, tras cuatro años de luchas, Dahomey cayó en poder francés. Sus ejércitos, especializados en el cuerpo a cuerpo letal pero mal preparados en la batalla armada (los franceses disparaban desde el hombro, mientras que los Dahomey disparaban desde la cintura) cayeron como moscas ante el fuego galo, siendo las Amazonas las últimas en rendirse.
El rey Behanzin, capturado
Behanzin fue capturado y con él se disolvió el regimiento de mujeres, las cuales, acostumbradas a la vida guerrera, se adaptaron mal a la vida civil, con episodios de depresión, alcoholismo o directamente locura, similar a lo que vivieron muchos años después los veteranos de Vietnam. Aún así, algunas adolescentes mino, aún vivieron lo suficiente para ver cómo su país obtenía la independencia de nuevo en 1960, esta vez bautizado comoBenín. Con todo, la última Amazona de Dahomey, llamadaNawi, murió en 1979.
Todo un ejemplo de cómo, cuando se lo proponen, las mujeres nos superan a los hombres en todo.
Incluso en lo malo.
Veteranas de las Amanzonas de Dahomey
Lograron vender aproximadamente 2 millones de africanos a los daneses. A cambio, ellos apertrecharon el ejército de las amazonas con los incombustibles rifles Winchester. Se rumoreaba que eran temibles, dado que después de las batallas, cortaban las cabezas de los soldados muertos y las exhibían como trofeos de guerra.
En aquel reino, existían ciertas castas entre las mujeres. “Las mujeres del Rey” destinadas a controles administrativos sobre los funcionarios, “Las Guerreras” que se preocupaban de la seguridad y “Las esclavas”, quienes eran ancianas que atendían a las amazonas guerreras.
Estas mujeres eran criadas para la guerra, además de ser vírgenes, llegaron a ser 5.000 de las 12.000 personas que cubrían el ejército regular. Incluso, tenían un juramento.
“Ghézo nos ha dado a luz de nuevo. Somos sus esposas, sus hijas, sus soldados. Las guerra es nuestro pasatiempo y la comida que nos alimenta”.
Sin embargo, aquel juramento estaba por llegar a su fin. En 1890, Francia invadió Dahomey con el fin de colonizar, debido a su posición estratégica en África occidental. Finalmente, durante 4 sangrientos años y la intervención de la Legión Extranjera, el reino cedió ante el poderío galo.
“Mujeres guerreras” en imágenes:
Foto de © YZ
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viernes, 4 de diciembre de 2015
VENTANA SOBRE LAS DICTADURAS INVISIBLES - EDUARDO GALEANO
La madre abnegada ejerce la dictadura de la servidumbre.
El amigo solícito ejerce la dictadura del favor.
La caridad ejerce la dictadura de la deuda.
La libertad de mercado te permite aceptar los precios que te imponen.
La liberta de opinión te permite escuchar a los que opinan en tu nombre.
La libertad de elección te permite elegir la salsa con que serás comido.
LA MENTIRA QUE VIVIMOS
Este excelente video en inglés (subtitulado) refleja el espíritu de nuestra propuesta del Proyecto Segunda República... Fue preparado por Spencer Cathcart de EEUU y se lo agradecemos mucho...
martes, 1 de diciembre de 2015
ISIS, ESTADO ISLÁMICO Y ORGANIZACIONES EXTREMISTAS EN MEDIO ORIENTE - TLV1
El Lic. Juan Manuel Soaje Pinto (director de TLV1) y Adrián Salbuchi, fundador del PSR entrevistan al SHEIJ ABDUL KARIM PAZ, Director Mezquita At. Tauhid; Lic. en Filosofía -UBA; Master en Teología Islámica Qom Irán de la Universidad Al-Mustafa. Refiere a los grupos extremos que existen y operan en el Medio Oriente que no representan el espíritu religioso islámico y de las enseñanzas de Mahoma. Manifiesta que siempre están las potencias o países que financian grupos con objetivos políticos globalistas.
lunes, 30 de noviembre de 2015
LA HISTORIA DEL DINERO - DOCUMENTAL SOBRE EL SENTIDO COMÚN EN LA ECONOMÍA
Este excelente video preparado por "Queue Politely" de Inglaterra (con subtítulos en español) explica con mucha claridad la trampa que se esconde detrás de muchos procesos y eventos financieros, bancarios y monetarios del mundo actual.
Explica temas fundamentales como Moneda, Crédito y Deuda Pública. Ayuda a comprender dos Pilares fundamentales del Proyecto Segunda República (PSR): el Segundo Pilar, MONEDA SOBERANA y el Tercer Pilar, DEUDA PUBLICA.
Explica temas fundamentales como Moneda, Crédito y Deuda Pública. Ayuda a comprender dos Pilares fundamentales del Proyecto Segunda República (PSR): el Segundo Pilar, MONEDA SOBERANA y el Tercer Pilar, DEUDA PUBLICA.
domingo, 29 de noviembre de 2015
DEPREDACIÓN VS SUPERVIVENCIA: ANIMALES EN EL MOMENTO JUSTO EN EL QUE CAPTURAN A SU PRESA (FOTOS)
La vida es un continuum, un tránsito incesante, una violenta oposición de contrarios. La vida sufre (o goza) la doble condena de morir y renacer, de no cesar nunca, de consumirse en medio de las condiciones más sufrientes pero también de resurgir en las más inesperadas. La vida, cambiando el sujeto en las líneas con que Borges finaliza su “Nueva refutación del tiempo”,
es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
Las fotografías que presentamos en esta ocasión podrían tomarse como ejemplo de la dialéctica violenta inherente a todo proceso vital. Se trata de escenas que comunes, corrientes en el sentido de cotidianas, pero al mismo tiempo síntesis instantáneas de la pulsión fatídica que, imprescindiblemente, anima la vida.
Depredación versus supervivencia: ¿la dinámica cíclica inevitable para nosotros que estamos vivos?
Si te interesa participar en la conservación de estas y otras especies visita lanaturalezanosllama.com y entérate de todo de los que esta haciendo Telcel para contribuir a la preservación de la biodiversidad. ¡Respondamos el llamado!
[My Modern Met]
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es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
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Búho y ratón
Águila calva y pato
Halieto (águila pescadora) y pez
Pelícano y pez
Abubilla y oruga
Frailecillo y un puñado de peces
Garcilla india y ratón
Halcón de cola roja y roedor
Serpiente y pez
Oso pardo y salmón
Cocodrilo y pez
Foca leopardo y pingüino papúa
Cebra y hienas
FUENTE: PIJAMASURF
FOTÓGRAFO TARDA 6 AÑOS EN OBTENER LA FOTO PERFECTA DEL CLAVADO DE UN MARTÍN PESCADOR (FOTO)
UN MOMENTO NATURAL ÉPICO: EL MARTÍN PESCADOR ENTRA AL ESPEJO DEL AGUA EN PERFECTA SIMETRÍA
La fotografía de la naturaleza es un arte casi meditativo en el que se necesita mucha paciencia. Un ejemplo extremo de esto es el trabajo de Alan McFayden, un fotógrafo que sostiene que lleva desde el año 2009 cazando la imagen perfecta de un martín pescador entrando al agua. Según McFayden este laborioso proceso tardó más de 4 mil 200 horas e implicó 720 mil fotos. Por suerte vivimos en la época digital; de otra forma, su obsesión le habría salido muy cara.
McFayden define la foto perfecta de un martín pescador como aquella tomada en el instante exacto en el que está penetrando el agua y que a la vez no muestre ningún splash. Además debe tener una composición simétrica; esto significa que no sólo el fotógrafo debe estar en el lugar correcto, sino que el pájaro debe también realizar un clavado perfecto.
La obsesión de este fotógrafo con dichas aves empezó cuando su abuelo lo llevó de niño a observarlas, y desde ese entonces quedó maravillado por su majestuosidad. Ahora puede compartir al mundo esta percepción de la belleza de estos pájaros, también conocidos como alciones, dueños de plumajes brillantes, un gran talento mimético y un altivo porte.
Ve más fotos de esta sesión
FUENTE: PIJAMASURF
La fotografía de la naturaleza es un arte casi meditativo en el que se necesita mucha paciencia. Un ejemplo extremo de esto es el trabajo de Alan McFayden, un fotógrafo que sostiene que lleva desde el año 2009 cazando la imagen perfecta de un martín pescador entrando al agua. Según McFayden este laborioso proceso tardó más de 4 mil 200 horas e implicó 720 mil fotos. Por suerte vivimos en la época digital; de otra forma, su obsesión le habría salido muy cara.
McFayden define la foto perfecta de un martín pescador como aquella tomada en el instante exacto en el que está penetrando el agua y que a la vez no muestre ningún splash. Además debe tener una composición simétrica; esto significa que no sólo el fotógrafo debe estar en el lugar correcto, sino que el pájaro debe también realizar un clavado perfecto.
La obsesión de este fotógrafo con dichas aves empezó cuando su abuelo lo llevó de niño a observarlas, y desde ese entonces quedó maravillado por su majestuosidad. Ahora puede compartir al mundo esta percepción de la belleza de estos pájaros, también conocidos como alciones, dueños de plumajes brillantes, un gran talento mimético y un altivo porte.
viernes, 27 de noviembre de 2015
LAS DIOSAS VIVIENTES DE NEPAL
En el valle de Katmandú, algunas niñas newar -las llamadas kumaris- son adoradas como deidades omnipotentes.
Unika Vajracharya podría estar a un paso de la divinidad, a punto de convertirse en una de las figuras más célebres de Nepal. Tiene seis años y hoy es una simple colegiala. Pese a su timidez, en sus ojos se enciende la luz de la curiosidad. No está acostumbrada a recibir a extraños. Una sonrisa dibuja hoyuelos en sus mejillas cuando le pregunto qué hará si dentro de unas horas resulta elegida kumari, o diosa viviente, un estatus que inducirá a la gente a postrarse ante ella.
«Estar callada –responde–. No podré ir al colegio. Estudiaré en casa y vendrán a adorarme todos los días.»
Unika es nepalí del grupo étnico newar, un pueblo tibetanobirmano de Nepal. Vive en Patan, ciudad conocida oficialmente como Lalitpur, de 230.000 habitantes, mayoría budista y ubicada en el fértil valle de Katmandú, en las estribaciones del Himalaya. Los newar se enorgullecen de ser custodios de la cultura del valle, y una de sus más antiguas e importantes tradiciones es la adoración de niñas como diosas vivientes.
El proceso de selección entraña un ritual secreto que estará vedado incluso a los propios padres de Unika. Le pregunto si está nerviosa. «No –contesta alegremente–. Solo impaciente.»
Cuando salimos de su casa –un viejo edificio de ladrillo y madera, de techos bajos, situado en el barrio de Thabu– Unika va saltando por las callejuelas, tirando de la mano de su madre, Sabita, y de su hermana mayor, Biphasa. No hay que andar mucho para llegar al Hakha Bahal, el patio en torno al cual residen desde hace siglos miembros de su extensa familia, donde se congregan para celebrar los ritos y festividades religiosas y donde tendrá lugar la primera parte de la selección. Unika lleva su sudadera favorita: con capucha, amarilla y con un Snoopy en la espalda. Si es elegida, esta será una de las últimas veces que podrá ponérsela. Las diosas vivientes solo pueden vestir de rojo, el color de la energía creativa, por lo general reservado a las mujeres casadas.
Las kumaris son reverenciadas en la comunidad newar. Se les atribuyen poderes premonitorios y la capacidad de curar enfermos, hacer realidad deseos concretos e impartir bendiciones de protección y prosperidad. Y por encima de todo se las considera un puente inmediato entre este mundo y el divino, capaz de generar en sus devotos el maitri bhavana, un ánimo de bondad benevolente hacia todo y hacia todos.
La tradición se remonta al siglo X como mínimo, cuando en todo el sur de Asia niños y niñas hacían de agentes de adivinación en rituales hinduistas y budistas. La conexión con lo divino y la facultad de predecir el futuro que se les atribuía despertaban especial interés en los gobernantes de Asia. Siglos más tarde la tradición fue adoptada por los pueblos de la periferia del subcontinente indio –Cachemira, Assam, Bengala, Tamil Nadu y Nepal–, seguidores de religiones subversivas que hacían hincapié en el poder femenino (el shakti) y la posesión tántrica, un estado inducido por invocaciones y rituales mágicos en el cual los humanos supuestamente alcanzan la posibilidad de transformarse en divinidades dotadas de poderes sobrenaturales.
Solo en el remoto corazón montañoso de Nepal la práctica de glorificar a las niñas prepúberes (en nepalí, «kumari» significa «niña virgen») como diosas vivientes durante varios años llegó a convertirse en un culto profundamente arraigado, y solo en Nepal sigue manteniéndose la tradición con la misma fuerza. Los budistas newar ven en la kumari la encarnación de la deidad femenina suprema Vajradevi. Para los hindúes la kumari encarna a la gran diosa Taleju, una versión de Durga.
Hoy solo hay diez kumaris en todo Nepal, nueve de ellas en el valle de Katmandú. Siguen eligiéndose en el seno de familias vinculadas a determinados bahals, un tipo de patio en torno al cual residen familias newar tradicionales, y todos sus antepasados tienen que proceder de una casta elevada. Ser elegida para el puesto se considera el honor supremo, que puede traducirse en innumerables bendiciones para la familia de la kumari. Ello explica que, pese a la carga financiera y los enormes sacrificios personales que implica mantener a una niña dándole consideración de diosa viviente en el mundo moderno, y pese a los problemas de readaptación que tendrá la kumari cuando alcance la pubertad y deba retomar su vida normal, ciertas familias sigan estando más que dispuestas a presentar a sus hijas como candidatas.
Unika se presenta a kumari por segunda vez. La primera tenía dos años, demasiado pequeña para recordar los rituales esotéricos del proceso de selección. Si su familia se ha prestado a presentarla de nuevo es en parte por la ilusión que le hace a la propia Unika. Está deseando poder vestirse de kumari, con el cabello recogido en un moño alto, los ojos perfilados con gruesas rayas de kohl hasta las sienes y, los días festivos, una tika carmesí pintada en la frente con un agni chakchuu –el tercer ojo, conocido como el ojo de fuego– plateado mirando fijamente desde el centro. El deseo de vestir las galas de kumari se considera en sí algo especial, un signo de que tal vez el destino –o karma– la está llamando.
Masinu, abuela de Unika, teme que la niña se lleve una desilusión si esta vez tampoco la eligen. «Espero que sí. No quiero verla triste.»
El padre de Unika, Ramesh, dueño de una pequeña zapatería, tiene otras inquietudes. «Me preocupa el gasto –me dice–. Y las exigencias de pureza que se le impondrán a toda la familia.»
Una kumari es una responsabilidad onerosa para todos, una responsabilidad que en primer lugar recae sobre Ramesh, quien mantiene a la familia. La kumari debe engalanarse a diario con ropas y maquillajes especiales y, como mínimo dos veces al año, hay que confeccionarle nuevos trajes de fiesta con tejidos caros. En la casa hay que reservar una habitación –un lujo inestimable en una ciudad superpoblada– para convertirla en sala de la puja (o adoración) y equiparla con un trono desde el que la diosa pueda recibir a sus devotos. Todas las mañanas la familia ha de celebrar ante ella las nitya puja, o rituales diarios de adoración. La kumari no puede salir de casa si no es para asistir a los festivales y ceremonias religiosas, y siempre tiene que ser transportada en brazos o en un palanquín para que en ningún momento toque el suelo con los pies. Solo puede comer ciertos alimentos, de los que se excluyen los prohibidos, como el pollo o los huevos de gallina. Todo cuanto contenga la vivienda ha de mantenerse puro conforme a los rituales pertinentes. Nadie que tenga contacto con ella puede llevar algo de cuero. Y sobre todo, la kumari no puede sangrar. Según la creencia, el espíritu de la diosa –el shakti– que entra en el cuerpo de la niña cuando se convierte en kumari la abandonaría en caso de hemorragia. Hasta el arañazo más superficial podría poner fin a su reinado. La diosa viviente es invariablemente destronada en cuanto tiene la primera menstruación.
A Ramesh también le preocupa el futuro de su hija si es elegida. Al término de su reinado se esperará de ella que retome la vida normal, pero después de años de agasajos y reclusión la transición de diosa a simple mortal no siempre es fácil. Además están los inquietantes rumores sobre las perspectivas matrimoniales de las que han sido diosas vivientes. «Los hombres tienen recelos supersticiosos de casarse con exkumaris –explica Ramesh–. Creen que sufrirán accidentes terribles si piden su mano.» Se dice que el espíritu de la diosa puede seguir viviendo en la antigua kumari, incluso después de los ritos de limpieza a los que se somete cuando deja de serlo. Hay quien cree que de la vagina de una exkumari sale una serpiente que devora al desventurado que tenga relaciones sexuales con ella.
En Patan, solo las niñas pertenecientes al linaje budista de la familia que vive en el complejo del Hakha Bahal pueden llegar a ser kumaris.
Y ha sido el poder de persuasión de los ancianos del bahal y el deseo de mantener viva la tradición lo que ha llevado a la candidatura de Unika.
«Debemos perpetuar las costumbres de nuestros antepasados –me dice Sabita–. Es nuestro deber aportar una diosa viviente de nuestra comunidad.» En el valle de Katmandú la gente siente una gran veneración por el pasado, un sentimiento de que en tiempos pretéritos existía una conexión más íntima con los dioses y que por esa razón deben seguirse las antiguas tradiciones, a pesar de que en pleno siglo XXI esas tradiciones ya no se comprendan.
En la Edad Media casi todas las poblaciones del valle de Katmandú tenían su propia kumari. En las ciudades de Katmandú, Bhaktapur y Patan había una prácticamente en cada vecindad, además de una kumari «real» especial, venerada por los antiguos reyes hindúes. Desde entonces muchas tradiciones han desaparecido, algunas en las últimas décadas. En el Mu Bahal, a cinco minutos a pie al norte de la plaza Durbar de Katmandú, los devotos adoran un trono vacío desde que en 1972 se retiró su última kumari. La kumari de Patan es una kumari real y representa una de las tradiciones de diosas vivientes del valle. En los últimos años la tradición ha sido criticada por defensores de los derechos humanos que ven en ella una forma de maltrato infantil que frustra la libertad y la educación de las niñas, en especial de las kumaris reales de Katmandú y Patan, las cuales deben respetar unas normas de pureza y segregación muy severas.
Sin embargo en 2008 el tribunal supremo de Nepal rechazó la petición de una mujer newar de que se prohibiese la tradición, apelando a su significado cultural y religioso. Cuatro kumaris –en Katmandú, Patan, Bhaktapur y Nuwakot, una fortaleza situada en la ruta comercial que une el Tibet con el valle– reciben apoyo del Gobierno en forma de un estipendio mensual mientras ejercen como tales y una pensión vitalicia desde el momento en que se retiran. No obstante, la subvención apenas cubre el gasto de indumentaria y material para el culto.
El Hakha Bahal, con sus imponentes pagodas, sus plataformas de madera para el descanso y su altar de bronce repujado en honor al buda Akshobhya (hoy encerrado en una antiestética jaula metálica antirrobo), es un hervidero de gente cuando llego acompañando a Unika, Sabita y Biphasa. Entre la muchedumbre de espectadores y partidarios está Anjila Vajracharya, la otra candidata a kumari junto con Unika; tiene tres años y, quizás en un alarde de optimismo, se ha vestido para la ocasión de color rojo, como una kumari.
Ananta Jwalananda Rajopadhyaya, el principal sacerdote del templo de Taleju (contiguo al antiguo palacio real donde los reyes de Patan adoraban a la kumari real, en quien veían a la diosa de su linaje, Taleju), aguarda en el patio. Es la primera vez, me dice con tristeza el sacerdote de 77 años, que solo hay dos candidatas a la elección final. Tener tres habría sido más alentador. Achaca a la planificación familiar que cada vez haya menos niñas entre las que elegir y añade que los padres son cada vez más reticentes. «Hoy la gente no está acostumbrada a seguir las disciplinas religiosas. Se distraen con otras cosas.»
Rajopadhyaya lamenta que pocos de los hoy presentes sepan identificar los 32 lakshina, o signos de perfección. Dicta la tradición que los sacerdotes deben examinar a las candidatas para identificar dichos signos (muslos de ciervo, pecho de león, cuello de caracola, cuerpo de baniano, tez dorada, suave voz de pato, etcétera), indicios de que están ante un bodhisattva, o ser iluminado. «Hoy nos limitamos a pedir a los padres que se aseguren de que sus hijas están sanas y no tienen defectos o marcas de nacimiento –dice–. Luego revisamos su horóscopo.»
Cada newar tiene su horóscopo, trazado en el nacimiento por un astrólogo. El horóscopo, un rollo de complejos cuadros y diagramas pintados a mano que se custodia en una caja fuerte en el cuarto que la familia dedica a la adoración, consigna el nombre privado de la persona y los signos astrológicos que se cree determinarán su vida. El de la candidata no debe revelar augurios poco propicios. El signo más favorable de la kumari es el pavo real, símbolo de la diosa.
Rajopadhyaya se lleva a ambas niñas a un cuarto cerrado en una esquina del patio para proceder en privado al primer paso de la selección. La finalidad es reducir a tres el número de las candidatas, pero al haber solo dos, se convierte en un mero trámite liquidado en un par de minutos.
La elección final es competencia de su esposa Maiya, y tiene lugar en la casa del matrimonio, un edificio de hormigón a medio construir en el barrio del Pim Bahal, al norte del Hakha Bahal. A la cuarentena de personas que nos desplazamos hasta allí en procesión –curiosos y partidarios de cada niña a la zaga del sacerdote, las dos candidatas a kumari y sus familias– nos lleva diez minutos llegar, esquivando el tráfico por la avenida principal de Patan.
Preparada tras haber meditado, Maiya espera en un cuarto vacío del piso de arriba con la parafernalia ritual –lámpara, recipiente de agua, guirnaldas de flores, bandejas de puja, cuencos de cuajada, arroz roto (llamado baji) servido en hojas, entre otras cosas– dispuesta en una zona del suelo de hormigón previamente untado con una mezcla purificante de arcilla roja y excremento de vaca. A las niñas, separadas de sus madres, se las sienta en sendos cojines rojos ante Maiya. La pequeña Anjila está emocionada y no deja de saltar de su cojín al de Unika una y otra vez. Unika está absolutamente inmóvil, pero su mirada recorre la estancia a la velocidad del rayo. Todos los espectadores, entre ellos las madres de las candidatas, reciben la orden de salir. Solo Maiya y una nuera suya que hace las veces de ayudante se quedan con las candidatas.
Desde fuera, apretujados en unas escaleras que empiezan a estar en penumbra a medida que se acerca la noche, percibimos el murmullo de los mantras, el tintineo de una campanilla y el aroma a incienso procedentes del cuarto cerrado. Instantes después oímos que Anjila se pone a gemir. Cuando se abre la puerta, está histérica y corre a los brazos de su madre. Unika continúa en perfecta compostura sobre el cojín. Se respira un aire de liberación después de tan agónico suspense. Con creciente aplomo, la kumari electa empieza a recibir las ofrendas de sus devotos, que, uno por uno, se arrodillan e inclinan la cabeza hasta sus pies. A partir de ahora nadie la llamará Unika, sino Dya Maiju: Diosa Infantil. No solo su actitud serena confirma a los fieles que la diosa reside en ella: para enorme placer del sacerdote, el horóscopo de la elegida, revisado momentos antes de que comenzara el ritual, contiene el portentoso signo del pavo real.
Samita Vajracharya, la kumari saliente, brilló por su ausencia durante la elección en el Hakha Bahal. Su casa da al mismo patio, pero estaba tan afectada por el fin de su reinado, que se produjo cinco semanas antes al haber tenido la primera menstruación, que no fue capaz de asistir.
Meses después me entrevisto con Samita, de 12 años, en la casa de su amiga Chanira Vajracharya en la transitada avenida principal, a unos metros del Hakha Bahal. Chanira había sido kumari de Patan antes que Samita. Sus familias siempre habían tenido amistad, pero compartir la experiencia de haber sido diosas vivientes ha estrechado aún más el lazo entre las niñas.
Nos sentamos juntas en el suelo sobre unos cojines planos, rodeadas de fotografías de antiguas kumaris enmarcadas en las paredes. Con mallas negras y una camiseta naranja, Samita, virtuosa del sarod –un tipo de laúd– viene de clase de música. La ha llevado (como siempre) su madre, pues no se atreve a enfrentarse sola al gentío, el tráfico, el transporte público, el ruido, el suelo irregular. Los extraños también la inquietan. Aunque recibe mis preguntas con una sonrisa, no despega los labios.
«Cuando eres kumari nunca hablas con extraños –explica Chanira mientras Samita se empeña en bajar la mirada–. Yo tardé cerca de un año en poder conversar con un desconocido. Incluso hoy, estando en la universidad, me cuesta exponer los trabajos delante de toda la clase.»
Chanira tiene 19 años y está estudiando en la Universidad de Katmandú administración de empresas. Instruida en casa por profesores particulares que ofrecían gratis sus servicios mientras ella fue kumari, obtuvo el graduado escolar con matrícula de honor. Inteligente, expresiva, con un impresionante dominio del inglés, resulta difícil imaginar que en algún momento haya tenido dificultades para hablar con nadie.
«Yo tuve la menstruación a los 15 años, así que para entonces ya me la esperaba –dice Chanira–, pero a Samita le llegó a los 12 y el choque fue más brusco. Es un momento de muchas emociones. Cuando cedes las galas y el trono de diosa, te sientes como si alguien hubiese muerto. Estás de luto.»
¿Cómo lo vivió Samita?, pregunto. Chanira repite la pregunta en newari bajando la voz y traduce concienzudamente las respuestas que musita su amiga.
Para Samita, las primeras semanas tras la elección de su sucesora fueron muy dolorosas. Lo ideal es que la kumari viva junto a su bahal ancestral. La familia de Unika estuvo un mes alojada en casa de Samita mientras acondicionaban la vivienda contigua. Todos los días Samita veía a los devotos esperando su turno en la sala de estar de su propia casa mientras otra niña ocupaba el trono en la que fuera su antigua sala de la puja.
Ahora Unika y su familia –y con ellos el trono de kumari– están instalados en la casa de al lado. Samita está escolarizada y avanza a buen ritmo. Tiene amigas, algunas de las cuales la visitaban en los tres años y medio que fue kumari. Pero aún sueña a veces que sigue siéndolo, y al despertar siente una punzada de añoranza.
¿Qué quiere ser ella cuando termine los estudios?, pregunto. Chanira traduce la respuesta murmurada por Samita. «Dedicarse a la música.» Y el matrimonio, ¿queda descartado, verdad?, pregunto, recordando lo que Ramesh había relatado sobre los terribles accidentes que sufren los maridos de las exkumaris.
«Esos rumores de que te mueres si te casas con una exkumari son falsos –responde Chanira–. Es un mito que siempre repite la prensa.» En realidad casi todas las exkumaris en edad de contraer matrimonio, tanto en Patan como en Katmandú y en el resto del valle, están casadas.
«Ser kumari es un don. Soy afortunada de que me eligieran –añade Chanira–. Pero habría que aumentar la subvención oficial de las kumaris para costear los gastos de los rituales y la educación. Y brindarles ayuda psicológica para explicarles cómo les cambiará la vida cuando dejen de ser kumaris. Me gustaría que hubiese una red de exkumaris que apoyase a las que acaban de retirarse. Me preocupa que, si no se hacen esos cambios, la tradición desaparezca.»
Más tarde Chanira me lleva ante la nueva diosa viviente de Patan. A la kumari se le iluminan los ojos cuando entro en la sala de puja. Está en el trono dorado, con un cetro de plata a cada lado y un dosel de cobras de oro protegiéndola.
En el rostro que tengo delante reconozco a Unika, pero me resulta difícil creer que sea la misma niña que conocí hace cinco meses de camino al proceso de selección. Me traspasa con la mirada, envuelta en un aura imperial que me hace sentir como si la niña fuese yo. Al cuello lleva un amuleto de plata. Los pies, adornados con ajorcas de cascabeles de plata y tintados de bermellón, reposan sobre una bandeja de ofrendas de bronce, entre arroz y pétalos de flores. Arrodillada ante ella, le ofrezco un cuaderno de colorear, ceras y una modesta donación en rupias nepalíes. Con destreza ella mete los dedos en un plato que tiene a su lado para mojarlos con pasta de bermellón, y yo alargo el cuello para ofrecerle la frente y recibir su bendición.
Unika Vajracharya podría estar a un paso de la divinidad, a punto de convertirse en una de las figuras más célebres de Nepal. Tiene seis años y hoy es una simple colegiala. Pese a su timidez, en sus ojos se enciende la luz de la curiosidad. No está acostumbrada a recibir a extraños. Una sonrisa dibuja hoyuelos en sus mejillas cuando le pregunto qué hará si dentro de unas horas resulta elegida kumari, o diosa viviente, un estatus que inducirá a la gente a postrarse ante ella.
«Estar callada –responde–. No podré ir al colegio. Estudiaré en casa y vendrán a adorarme todos los días.»
Unika es nepalí del grupo étnico newar, un pueblo tibetanobirmano de Nepal. Vive en Patan, ciudad conocida oficialmente como Lalitpur, de 230.000 habitantes, mayoría budista y ubicada en el fértil valle de Katmandú, en las estribaciones del Himalaya. Los newar se enorgullecen de ser custodios de la cultura del valle, y una de sus más antiguas e importantes tradiciones es la adoración de niñas como diosas vivientes.
El proceso de selección entraña un ritual secreto que estará vedado incluso a los propios padres de Unika. Le pregunto si está nerviosa. «No –contesta alegremente–. Solo impaciente.»
Cuando salimos de su casa –un viejo edificio de ladrillo y madera, de techos bajos, situado en el barrio de Thabu– Unika va saltando por las callejuelas, tirando de la mano de su madre, Sabita, y de su hermana mayor, Biphasa. No hay que andar mucho para llegar al Hakha Bahal, el patio en torno al cual residen desde hace siglos miembros de su extensa familia, donde se congregan para celebrar los ritos y festividades religiosas y donde tendrá lugar la primera parte de la selección. Unika lleva su sudadera favorita: con capucha, amarilla y con un Snoopy en la espalda. Si es elegida, esta será una de las últimas veces que podrá ponérsela. Las diosas vivientes solo pueden vestir de rojo, el color de la energía creativa, por lo general reservado a las mujeres casadas.
Las kumaris son reverenciadas en la comunidad newar. Se les atribuyen poderes premonitorios y la capacidad de curar enfermos, hacer realidad deseos concretos e impartir bendiciones de protección y prosperidad. Y por encima de todo se las considera un puente inmediato entre este mundo y el divino, capaz de generar en sus devotos el maitri bhavana, un ánimo de bondad benevolente hacia todo y hacia todos.
La tradición se remonta al siglo X como mínimo, cuando en todo el sur de Asia niños y niñas hacían de agentes de adivinación en rituales hinduistas y budistas. La conexión con lo divino y la facultad de predecir el futuro que se les atribuía despertaban especial interés en los gobernantes de Asia. Siglos más tarde la tradición fue adoptada por los pueblos de la periferia del subcontinente indio –Cachemira, Assam, Bengala, Tamil Nadu y Nepal–, seguidores de religiones subversivas que hacían hincapié en el poder femenino (el shakti) y la posesión tántrica, un estado inducido por invocaciones y rituales mágicos en el cual los humanos supuestamente alcanzan la posibilidad de transformarse en divinidades dotadas de poderes sobrenaturales.
Solo en el remoto corazón montañoso de Nepal la práctica de glorificar a las niñas prepúberes (en nepalí, «kumari» significa «niña virgen») como diosas vivientes durante varios años llegó a convertirse en un culto profundamente arraigado, y solo en Nepal sigue manteniéndose la tradición con la misma fuerza. Los budistas newar ven en la kumari la encarnación de la deidad femenina suprema Vajradevi. Para los hindúes la kumari encarna a la gran diosa Taleju, una versión de Durga.
Hoy solo hay diez kumaris en todo Nepal, nueve de ellas en el valle de Katmandú. Siguen eligiéndose en el seno de familias vinculadas a determinados bahals, un tipo de patio en torno al cual residen familias newar tradicionales, y todos sus antepasados tienen que proceder de una casta elevada. Ser elegida para el puesto se considera el honor supremo, que puede traducirse en innumerables bendiciones para la familia de la kumari. Ello explica que, pese a la carga financiera y los enormes sacrificios personales que implica mantener a una niña dándole consideración de diosa viviente en el mundo moderno, y pese a los problemas de readaptación que tendrá la kumari cuando alcance la pubertad y deba retomar su vida normal, ciertas familias sigan estando más que dispuestas a presentar a sus hijas como candidatas.
Unika se presenta a kumari por segunda vez. La primera tenía dos años, demasiado pequeña para recordar los rituales esotéricos del proceso de selección. Si su familia se ha prestado a presentarla de nuevo es en parte por la ilusión que le hace a la propia Unika. Está deseando poder vestirse de kumari, con el cabello recogido en un moño alto, los ojos perfilados con gruesas rayas de kohl hasta las sienes y, los días festivos, una tika carmesí pintada en la frente con un agni chakchuu –el tercer ojo, conocido como el ojo de fuego– plateado mirando fijamente desde el centro. El deseo de vestir las galas de kumari se considera en sí algo especial, un signo de que tal vez el destino –o karma– la está llamando.
Masinu, abuela de Unika, teme que la niña se lleve una desilusión si esta vez tampoco la eligen. «Espero que sí. No quiero verla triste.»
El padre de Unika, Ramesh, dueño de una pequeña zapatería, tiene otras inquietudes. «Me preocupa el gasto –me dice–. Y las exigencias de pureza que se le impondrán a toda la familia.»
Una kumari es una responsabilidad onerosa para todos, una responsabilidad que en primer lugar recae sobre Ramesh, quien mantiene a la familia. La kumari debe engalanarse a diario con ropas y maquillajes especiales y, como mínimo dos veces al año, hay que confeccionarle nuevos trajes de fiesta con tejidos caros. En la casa hay que reservar una habitación –un lujo inestimable en una ciudad superpoblada– para convertirla en sala de la puja (o adoración) y equiparla con un trono desde el que la diosa pueda recibir a sus devotos. Todas las mañanas la familia ha de celebrar ante ella las nitya puja, o rituales diarios de adoración. La kumari no puede salir de casa si no es para asistir a los festivales y ceremonias religiosas, y siempre tiene que ser transportada en brazos o en un palanquín para que en ningún momento toque el suelo con los pies. Solo puede comer ciertos alimentos, de los que se excluyen los prohibidos, como el pollo o los huevos de gallina. Todo cuanto contenga la vivienda ha de mantenerse puro conforme a los rituales pertinentes. Nadie que tenga contacto con ella puede llevar algo de cuero. Y sobre todo, la kumari no puede sangrar. Según la creencia, el espíritu de la diosa –el shakti– que entra en el cuerpo de la niña cuando se convierte en kumari la abandonaría en caso de hemorragia. Hasta el arañazo más superficial podría poner fin a su reinado. La diosa viviente es invariablemente destronada en cuanto tiene la primera menstruación.
A Ramesh también le preocupa el futuro de su hija si es elegida. Al término de su reinado se esperará de ella que retome la vida normal, pero después de años de agasajos y reclusión la transición de diosa a simple mortal no siempre es fácil. Además están los inquietantes rumores sobre las perspectivas matrimoniales de las que han sido diosas vivientes. «Los hombres tienen recelos supersticiosos de casarse con exkumaris –explica Ramesh–. Creen que sufrirán accidentes terribles si piden su mano.» Se dice que el espíritu de la diosa puede seguir viviendo en la antigua kumari, incluso después de los ritos de limpieza a los que se somete cuando deja de serlo. Hay quien cree que de la vagina de una exkumari sale una serpiente que devora al desventurado que tenga relaciones sexuales con ella.
En Patan, solo las niñas pertenecientes al linaje budista de la familia que vive en el complejo del Hakha Bahal pueden llegar a ser kumaris.
Y ha sido el poder de persuasión de los ancianos del bahal y el deseo de mantener viva la tradición lo que ha llevado a la candidatura de Unika.
«Debemos perpetuar las costumbres de nuestros antepasados –me dice Sabita–. Es nuestro deber aportar una diosa viviente de nuestra comunidad.» En el valle de Katmandú la gente siente una gran veneración por el pasado, un sentimiento de que en tiempos pretéritos existía una conexión más íntima con los dioses y que por esa razón deben seguirse las antiguas tradiciones, a pesar de que en pleno siglo XXI esas tradiciones ya no se comprendan.
En la Edad Media casi todas las poblaciones del valle de Katmandú tenían su propia kumari. En las ciudades de Katmandú, Bhaktapur y Patan había una prácticamente en cada vecindad, además de una kumari «real» especial, venerada por los antiguos reyes hindúes. Desde entonces muchas tradiciones han desaparecido, algunas en las últimas décadas. En el Mu Bahal, a cinco minutos a pie al norte de la plaza Durbar de Katmandú, los devotos adoran un trono vacío desde que en 1972 se retiró su última kumari. La kumari de Patan es una kumari real y representa una de las tradiciones de diosas vivientes del valle. En los últimos años la tradición ha sido criticada por defensores de los derechos humanos que ven en ella una forma de maltrato infantil que frustra la libertad y la educación de las niñas, en especial de las kumaris reales de Katmandú y Patan, las cuales deben respetar unas normas de pureza y segregación muy severas.
Sin embargo en 2008 el tribunal supremo de Nepal rechazó la petición de una mujer newar de que se prohibiese la tradición, apelando a su significado cultural y religioso. Cuatro kumaris –en Katmandú, Patan, Bhaktapur y Nuwakot, una fortaleza situada en la ruta comercial que une el Tibet con el valle– reciben apoyo del Gobierno en forma de un estipendio mensual mientras ejercen como tales y una pensión vitalicia desde el momento en que se retiran. No obstante, la subvención apenas cubre el gasto de indumentaria y material para el culto.
El Hakha Bahal, con sus imponentes pagodas, sus plataformas de madera para el descanso y su altar de bronce repujado en honor al buda Akshobhya (hoy encerrado en una antiestética jaula metálica antirrobo), es un hervidero de gente cuando llego acompañando a Unika, Sabita y Biphasa. Entre la muchedumbre de espectadores y partidarios está Anjila Vajracharya, la otra candidata a kumari junto con Unika; tiene tres años y, quizás en un alarde de optimismo, se ha vestido para la ocasión de color rojo, como una kumari.
Ananta Jwalananda Rajopadhyaya, el principal sacerdote del templo de Taleju (contiguo al antiguo palacio real donde los reyes de Patan adoraban a la kumari real, en quien veían a la diosa de su linaje, Taleju), aguarda en el patio. Es la primera vez, me dice con tristeza el sacerdote de 77 años, que solo hay dos candidatas a la elección final. Tener tres habría sido más alentador. Achaca a la planificación familiar que cada vez haya menos niñas entre las que elegir y añade que los padres son cada vez más reticentes. «Hoy la gente no está acostumbrada a seguir las disciplinas religiosas. Se distraen con otras cosas.»
Rajopadhyaya lamenta que pocos de los hoy presentes sepan identificar los 32 lakshina, o signos de perfección. Dicta la tradición que los sacerdotes deben examinar a las candidatas para identificar dichos signos (muslos de ciervo, pecho de león, cuello de caracola, cuerpo de baniano, tez dorada, suave voz de pato, etcétera), indicios de que están ante un bodhisattva, o ser iluminado. «Hoy nos limitamos a pedir a los padres que se aseguren de que sus hijas están sanas y no tienen defectos o marcas de nacimiento –dice–. Luego revisamos su horóscopo.»
Cada newar tiene su horóscopo, trazado en el nacimiento por un astrólogo. El horóscopo, un rollo de complejos cuadros y diagramas pintados a mano que se custodia en una caja fuerte en el cuarto que la familia dedica a la adoración, consigna el nombre privado de la persona y los signos astrológicos que se cree determinarán su vida. El de la candidata no debe revelar augurios poco propicios. El signo más favorable de la kumari es el pavo real, símbolo de la diosa.
Rajopadhyaya se lleva a ambas niñas a un cuarto cerrado en una esquina del patio para proceder en privado al primer paso de la selección. La finalidad es reducir a tres el número de las candidatas, pero al haber solo dos, se convierte en un mero trámite liquidado en un par de minutos.
La elección final es competencia de su esposa Maiya, y tiene lugar en la casa del matrimonio, un edificio de hormigón a medio construir en el barrio del Pim Bahal, al norte del Hakha Bahal. A la cuarentena de personas que nos desplazamos hasta allí en procesión –curiosos y partidarios de cada niña a la zaga del sacerdote, las dos candidatas a kumari y sus familias– nos lleva diez minutos llegar, esquivando el tráfico por la avenida principal de Patan.
Preparada tras haber meditado, Maiya espera en un cuarto vacío del piso de arriba con la parafernalia ritual –lámpara, recipiente de agua, guirnaldas de flores, bandejas de puja, cuencos de cuajada, arroz roto (llamado baji) servido en hojas, entre otras cosas– dispuesta en una zona del suelo de hormigón previamente untado con una mezcla purificante de arcilla roja y excremento de vaca. A las niñas, separadas de sus madres, se las sienta en sendos cojines rojos ante Maiya. La pequeña Anjila está emocionada y no deja de saltar de su cojín al de Unika una y otra vez. Unika está absolutamente inmóvil, pero su mirada recorre la estancia a la velocidad del rayo. Todos los espectadores, entre ellos las madres de las candidatas, reciben la orden de salir. Solo Maiya y una nuera suya que hace las veces de ayudante se quedan con las candidatas.
Desde fuera, apretujados en unas escaleras que empiezan a estar en penumbra a medida que se acerca la noche, percibimos el murmullo de los mantras, el tintineo de una campanilla y el aroma a incienso procedentes del cuarto cerrado. Instantes después oímos que Anjila se pone a gemir. Cuando se abre la puerta, está histérica y corre a los brazos de su madre. Unika continúa en perfecta compostura sobre el cojín. Se respira un aire de liberación después de tan agónico suspense. Con creciente aplomo, la kumari electa empieza a recibir las ofrendas de sus devotos, que, uno por uno, se arrodillan e inclinan la cabeza hasta sus pies. A partir de ahora nadie la llamará Unika, sino Dya Maiju: Diosa Infantil. No solo su actitud serena confirma a los fieles que la diosa reside en ella: para enorme placer del sacerdote, el horóscopo de la elegida, revisado momentos antes de que comenzara el ritual, contiene el portentoso signo del pavo real.
Samita Vajracharya, la kumari saliente, brilló por su ausencia durante la elección en el Hakha Bahal. Su casa da al mismo patio, pero estaba tan afectada por el fin de su reinado, que se produjo cinco semanas antes al haber tenido la primera menstruación, que no fue capaz de asistir.
Meses después me entrevisto con Samita, de 12 años, en la casa de su amiga Chanira Vajracharya en la transitada avenida principal, a unos metros del Hakha Bahal. Chanira había sido kumari de Patan antes que Samita. Sus familias siempre habían tenido amistad, pero compartir la experiencia de haber sido diosas vivientes ha estrechado aún más el lazo entre las niñas.
Nos sentamos juntas en el suelo sobre unos cojines planos, rodeadas de fotografías de antiguas kumaris enmarcadas en las paredes. Con mallas negras y una camiseta naranja, Samita, virtuosa del sarod –un tipo de laúd– viene de clase de música. La ha llevado (como siempre) su madre, pues no se atreve a enfrentarse sola al gentío, el tráfico, el transporte público, el ruido, el suelo irregular. Los extraños también la inquietan. Aunque recibe mis preguntas con una sonrisa, no despega los labios.
«Cuando eres kumari nunca hablas con extraños –explica Chanira mientras Samita se empeña en bajar la mirada–. Yo tardé cerca de un año en poder conversar con un desconocido. Incluso hoy, estando en la universidad, me cuesta exponer los trabajos delante de toda la clase.»
Chanira tiene 19 años y está estudiando en la Universidad de Katmandú administración de empresas. Instruida en casa por profesores particulares que ofrecían gratis sus servicios mientras ella fue kumari, obtuvo el graduado escolar con matrícula de honor. Inteligente, expresiva, con un impresionante dominio del inglés, resulta difícil imaginar que en algún momento haya tenido dificultades para hablar con nadie.
«Yo tuve la menstruación a los 15 años, así que para entonces ya me la esperaba –dice Chanira–, pero a Samita le llegó a los 12 y el choque fue más brusco. Es un momento de muchas emociones. Cuando cedes las galas y el trono de diosa, te sientes como si alguien hubiese muerto. Estás de luto.»
¿Cómo lo vivió Samita?, pregunto. Chanira repite la pregunta en newari bajando la voz y traduce concienzudamente las respuestas que musita su amiga.
Para Samita, las primeras semanas tras la elección de su sucesora fueron muy dolorosas. Lo ideal es que la kumari viva junto a su bahal ancestral. La familia de Unika estuvo un mes alojada en casa de Samita mientras acondicionaban la vivienda contigua. Todos los días Samita veía a los devotos esperando su turno en la sala de estar de su propia casa mientras otra niña ocupaba el trono en la que fuera su antigua sala de la puja.
Ahora Unika y su familia –y con ellos el trono de kumari– están instalados en la casa de al lado. Samita está escolarizada y avanza a buen ritmo. Tiene amigas, algunas de las cuales la visitaban en los tres años y medio que fue kumari. Pero aún sueña a veces que sigue siéndolo, y al despertar siente una punzada de añoranza.
¿Qué quiere ser ella cuando termine los estudios?, pregunto. Chanira traduce la respuesta murmurada por Samita. «Dedicarse a la música.» Y el matrimonio, ¿queda descartado, verdad?, pregunto, recordando lo que Ramesh había relatado sobre los terribles accidentes que sufren los maridos de las exkumaris.
«Esos rumores de que te mueres si te casas con una exkumari son falsos –responde Chanira–. Es un mito que siempre repite la prensa.» En realidad casi todas las exkumaris en edad de contraer matrimonio, tanto en Patan como en Katmandú y en el resto del valle, están casadas.
«Ser kumari es un don. Soy afortunada de que me eligieran –añade Chanira–. Pero habría que aumentar la subvención oficial de las kumaris para costear los gastos de los rituales y la educación. Y brindarles ayuda psicológica para explicarles cómo les cambiará la vida cuando dejen de ser kumaris. Me gustaría que hubiese una red de exkumaris que apoyase a las que acaban de retirarse. Me preocupa que, si no se hacen esos cambios, la tradición desaparezca.»
Más tarde Chanira me lleva ante la nueva diosa viviente de Patan. A la kumari se le iluminan los ojos cuando entro en la sala de puja. Está en el trono dorado, con un cetro de plata a cada lado y un dosel de cobras de oro protegiéndola.
En el rostro que tengo delante reconozco a Unika, pero me resulta difícil creer que sea la misma niña que conocí hace cinco meses de camino al proceso de selección. Me traspasa con la mirada, envuelta en un aura imperial que me hace sentir como si la niña fuese yo. Al cuello lleva un amuleto de plata. Los pies, adornados con ajorcas de cascabeles de plata y tintados de bermellón, reposan sobre una bandeja de ofrendas de bronce, entre arroz y pétalos de flores. Arrodillada ante ella, le ofrezco un cuaderno de colorear, ceras y una modesta donación en rupias nepalíes. Con destreza ella mete los dedos en un plato que tiene a su lado para mojarlos con pasta de bermellón, y yo alargo el cuello para ofrecerle la frente y recibir su bendición.
La kumari de Tokha –Dangol, de nueve años– se convirtió en diosa viviente siendo un bebé. Se cree que los ojos de la kumari tienden un puente entre quien la mira y lo divino. En las fiestas religiosas se le pinta la 58 frente de rojo, un signo de energía creativa.
Con sumo cuidado para no contaminarse tocando el suelo en un día en que se ha invocado el poder de la diosa, Dangol es llevada en brazos por su padre hasta un palanquín que la elevará por encima de la multitud durante la fiesta de Bisket Jatra.
Unika Vajracharya, de seis años, es entronizada en su primer día como la kumari de Patan. Sus pies reposan sobre una bandeja de ofrendas, y una deidad ofídica protege su cabeza.
Aun siendo una diosa, Resuka, la kumari de Kilagal, de dos años de edad, se niega a comer. Según la creencia, si Resuka y la kumari real de Katmandú, que vive cerca, llegan a verse algún día, sus almas abandonarán sus cuerpos.
Dangol, de nueve años, ha de vestir de rojo; la corbata escolar es la única prenda con la que se salta esta convención. En otros aspectos es una escolar más, excepto porque sus maestros y compañeros se dirigen a ella llamándola Dya Maiju: Diosa Infantil.
En la sala de estar de su casa, Unika juega con su hermano menor mientras sus padres ponderan si presentarla a la elección de kumari. La kumari saliente ha sido destituida al alcanzar la menarquia.
Como otras kumaris, Dangol luce un maquillaje especial en las festividades. Pero no es solo el maquillaje lo que varía en las grandes ocasiones. Antiguas kumaris han declarado sentirse más fuertes y haber irradiado calor por la frente.
En una tienda de Lagankhel y sentada en su trono, a Unika le ajustan un collar de plata al que se le atribuye la capacidad de imbuirla de poder divino. La primera misión de la nueva kumari es presenciar el baño ritual de la imagen de un dios de la lluvia.
Cuidadores, sacerdotes tántricos y otros asistentes arropan a la kumari real de Katmandú, Matina Shakya, mientras la diosa viviente recorre la capital en un templo móvil de oro de 255 años de antigüedad durante la fiesta anual de Indra Jatra.
En su tiempo libre, Unika se comporta como cualquier niña de su edad, pero jamás se la regaña. Cuando juega con su hermano pequeño y su hermana mayor, siempre manda ella. Nadie se arriesga a enojar a una diosa viviente
FUENTE: NATIONALGEOGRAPHIC
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